LANZAS COLORADAS DESCARGAR PDF

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Author:Temi Bragis
Country:France
Language:English (Spanish)
Genre:Spiritual
Published (Last):20 November 2015
Pages:424
PDF File Size:20.52 Mb
ePub File Size:10.26 Mb
ISBN:949-7-79314-220-3
Downloads:36340
Price:Free* [*Free Regsitration Required]
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This document was uploaded by user and they confirmed that they have the permission to share it. If you are author or own the copyright of this book, please report to us by using this DMCA report form. Report DMCA. Home current Explore. Home Uslar Pietri Arturo. Las Lanzas Coloradas. Words: 56, Pages: Preview Full text. Mandinga le sujetaba la lanza. Estaba la noche cerrada como pluma de zamuro. Lo molestaba como una mosca persistente.

Los otros se paran viendo lo que pasaba. El mayordomo, en una actitud amenazante, estaba de pie delante de ellos. Si iba a ir. Ahorita mismo iba a ir. La pisada firme, la mirada alta, el cabello crespo en marejada. Carne negra, magra, con sangre verde y nervios de miedo.

Al pie de la colina, la torre y los altos muros de ladrillo del trapiche y el hormiguear de los esclavos. En la acequia, unas esclavas lavaban, cantando a una sola voz con las bocas blancas. Respiraba profundas bocanadas de aire tibio. Entre los chaguaramos altos, las paredes blancas de los amos. Los amos. Grupos de esclavos regresaban del trabajo. Torsos flacos, desnudos. Hablaban con fuerte voz descompasada. Todos los tablones son buenos.

El mayordomo, desfilaba como una proa. En la palidez de la tarde se destilaba la sombra. Yo lo que digo es que hay guerra. Hay guerra y dura, y va a matar mucha gente. Si hay guerra, hay guerra. Si no hay guerra, no hay guerra. Salmodiaron todas las voces. Ahora pasaba frente a la casa de los amos. La ancha escalera que daba acceso al corredor alto, algunas luces encendidas en el piso superior y el ruido del viento en la arboleda que la rodeaba.

Las dos figuras quedaron silenciosas ante la masa blanca del edificio. El esclavo no acertaba a responder. De la guerra salen los verdaderos amos. Su voz se hilaba entre la sombra de la tarde. Si todo el mundo puede vivir tranquilo en su casa. Yo no lo comprendo. En sus palabras ingenuas estaba vivo el desasosiego de la guerra.

Estaba desatada la guerra. Un hombre rubio y esbelto. Tengo la costumbre de viajar y de hacer largas marchas. Con infantil curiosidad dijo de nuevo: —Fernando me ha dicho que usted ha viajado mucho. Quiere que le hable de Inglaterra Tierra amarilla con buenas ventas, donde paran los soldados a tomar vino.

Por las sierras andan bandoleros montados. No hable de la guerra. Estando una vez en Venecia. Agua verde y palacios rojos En las pausas penetraba la soledad silenciosa que los rodeaba. De pronto, desde afuera, desde lejos, atravesando el ancho corredor que daba vuelta al edificio, llegaron a ellos, revueltamente, gritos de hombres y latir de perros enfurecidos. Brusco mundo de ruido en la sombra. Estaban callados.

Continuaban callados. Fueron tiempos heroicos. La tierra comenzaba a poblarse. Manuel observaba la delicada criatura con ojos hambrientos. Comenzaron a imaginar historias. Bajo sus pies cambiaba el aspecto de la tierra. Bajo sus pies, el mundo daba vuelta. Con mil colores chocaban en chorros de reflejos piedras rojas y piedras verdes y piedras blancas como un pedazo de sol. Pasaron los meses. Su relato fue horrible. Avanzaban cada vez menos. Algunos corrieron. Se pusieron a la obra.

Con bejucos y jirones de los vestidos unieron algunas gruesas ramas, hasta hacer una plataforma suficiente para todos. La echaron al agua, se subieron sobre ella y comenzaron a deslizarse lentamente. La evidencia del peligro le dio fuerzas. La distancia se acortaba a cada segundo. Ella continuaba su cantinela tediosa.

Mucho chisme, escasa vida social, mucho orgullo, pocos viajes, alguna lectura religiosa Alguna sangre del encomendero, algo de sangre de indio, algo de negro. Una infancia profundamente grabada en su recuerdo. Su padre, don Santiago, fue un hombre sin ternura, violento, aislado.

El repartimiento de los esclavos quedaba vecino de la casa. Las mujeres eran encerradas bajo llave por la noche.

Todos estaban semidesnudos, sucios, llenos de impulsos primitivos, como los animales. Lo dominaba el mal dominio de la carne. Tuvieron una exasperada disputa. Ella hizo una promesa a los santos para ganarlo al buen camino.

Y va el Diablo y lo tienta. Usted va a salir ahorita mismo y me va a matar a todos los muchachos que haya. Ya lo sabe. Hasta que se cansaron. Pasaron varias jornadas a caballo antes de llegar al valle de Caracas.

Iban entrando en la ciudad. Pasaban por las calles de lajas desiguales, atravesaban las plazas de sombra brusca, iglesias, capillas, conventos extensos, rodeados de altas paredes lisas. Bajo los techos de tejas rojas, casas bajas de vivos colores, rejas y zaguanes. Frente al convento de las Concepciones echaron pie a tierra en la casa de los Lazola.

Fernando observaba las gentes y la casa con curiosidad. Cambiaba su existir. Su presente dejaba en cierto modo de ser la continuidad de su pasado.

Don Santiago y su hermana estaban lejos. Ahora era la ciudad. Bernardo era impetuoso y exaltado.

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